Un juego peligroso


Uno de mis juegos favoritos es un juego ilícito, peligroso, en el que hago algo que no «hay que hacer», algo que está «mal».

Este no es un juego para estar a salvo, ni en paz, es un juego para ir al límite, este juego es divertido sólo cuando se hace a propósito, con ganas, y con cruda honradez.

Antes de convertirlo en un juego esto era algo que hacía aún tratando de evitar hacerlo, es por esto por lo que lo convertí en un juego, porque si voy a hacer algo prefiero hacerlo conscientemente hasta saturarlo.

Si todavía no te has ido de aquí, quiero dejar claro que no te recomiendo esta manera que tengo de jugar con los asuntos del infierno.

Este juego del que te estoy hablando consiste, sencillamente, en compararme con los demás.

Este es un juego que juego para perder, por eso, lo «lícito» me recomienda no compararme con los demás, si acaso, dice lo lícito, compárate contigo.

Entiendo que este consejo bienintencionado de no compararse con los demás es una manera de protegerse, pero ¿quién quiere protegerse?¿y de qué?

Yo prefiero salir a campo abierto, desarmado, desnudo y hacer ruido.

- ¡No hagas ruido, que esto está lleno de fieras! dice lo lícito.

- Qué vengan, digo yo.

Y no veas si aparecen, las fieras más terribles, y es ahí cuando el juego se vuelve interesante, porque al compararme con otros lo veo todo, veo el sistema al completo; veo mi dolor, mi miedo, lo que creo de mí, o sea, veo el juego limitante de mi identidad, con el que intenta evitar que me experimente.

Es en este peligro donde el mecanismo de elección que me llevó a la creencia mítica limitante de lo que soy, se muestra crudamente en aquello de mí que elige ser comparado en el otro, y lo que parecía una fiera terrible antes, se aparece como lo que es, un pequeño insecto.

Al principio seguía el mandato de mi identidad, que elige compararme con lo que a priori considera «mejor», lo gracioso es que si lo fuerzo, comparándome con lo que a priori parece «peor», el resultado es el mismo, también pierdo, y el armazón de la identidad, y su juego de mostrar que algo me falta, queda al descubierto.

Es así como al atreverme a no defenderme, lo hostil desaparece, es así como jugando a perder, gano.

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