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Mis mejores muertes.

Actualizado: 23 de may de 2019



Hace casi una década pasé por el que creo fue el segundo umbral más importante de mi vida, y he pasado conscientemente por muchos. El primero fue nacer. Después de unos años apartado de mucho y de casi todos, me encontré a una amiga, a la que hacía al menos cinco años que no veía. Al principio no me reconoció, luego sí. En cuanto se dio cuenta de que era yo me dijo que no me había reconocido porque estaba diferente, distinto, más joven quizás, y más guapo ¿qué has hecho en todo este tiempo? me preguntó, a lo que yo contesté, que lo que había hecho durante ese tiempo, había sido, sin duda, gastarme un montón de dinero.

Justamente eso es lo que había hecho durante ese tiempo, gastarme un montón, para ser exactos, todo, todo el dinero que tenía. Pero no me lo había gastado en cualquier cosa, me lo había gastado en mi, me lo había gastado en distintos tipos de terapias.

Al que considero mi maestro nunca lo nombro, no por mi sino por él. Porque es una persona muy discreta, a la que le gusta la tranquilidad, y lo que hace y lo que dice es tan potente y destructor de creencias, tan poco mediático, que prefiere reservarlo a pequeños círculos, a los que no es fácil acceder, y yo conservo mi voto de silencio en agradecimiento a lo que produjo en mí.

La primera vez que me vio me preguntó ¿cuánto vale tu bienestar? ¿En dinero? pregunté yo. Sí, en dinero. No sé, es imposible de calcular, dije yo. Piénsalo. Lo pensé mucho. Estuve mucho tiempo rumiando la respuesta. Lo que entendí con aquella pregunta que nunca llegue a contestar, porque las preguntas importantes no tienen respuesta, es que yo merecía la pena, y que estar bien era lo único importante, pues de ahí se deriva todo. Así que lo puse en práctica, invertí todo el dinero que tenía en estar bien. Visité muchos terapeutas, y poco a poco fui desarrollando una capacidad de discernir lo que me hacía bien y lo que no, y me fui quedando con los que notaba que producían cambios en mi que estaban más allá de mi, y de lo que yo mismo quería o creía que necesitaba. Esta búsqueda, y los propios procesos, fueron algo durísimo, no se lo recomendaría ni al peor de mis enemigos. Hay un punto en que la terapia es destructiva, un punto en el que se produce un desgarro muy doloroso, como que te arranquen un brazo estirando, como un dolor de muelas en el alma. Es la pérdida de los referentes, la destrucción de todo lo que te mantiene, el asesinato de lo que crees que eres, es la muerte, verdaderamente. Con estos terapeutas (los llamo así para distinguirlos de los clásicos médicos, aunque en realidad hacen lo mismo a mi entender, con distinta simbología) de distintas modalidades, con nombres estrambóticos, fui hasta el fondo, los exprimí hasta unos límites que ellos mismos desconocen.

Ninguna terapia funciona, ningún taller, ningún método, eso es lo que puedo asegurar después de toda mi experiencia, no funcionan objetivamente. Si se produce algún cambio es porque ese cambio ya estaba ahí, y el terapeuta sirve sólo como símbolo para manifestarlo. Si vas a un terapeuta para que saque algo que no está, que cure algo que no está curado ya, o te haga entender algo que no sepas ya, no va a ocurrir. El terapeuta, como el mago prestidigitador, hace lo justo para que eso que ya estaba se reconozca. Es un truco, la puerta ya está ahí, pero no la ves, el terapeuta dice: ahí hay una puerta, y nosotros vamos y la abrimos. Eso no es un fraude ni nada parecido, es lo contrario, es maravilloso que exista algo así, yo pago encantado por ello, esto me ha cambiado la vida. Este ha sido mi verdadero oficio, estar bien, y lo cierto es que ahora, retrospectivamente, me sorprende las ganas que tenía, y tengo, de estarlo. En este proceso he leído, escuchado, visto, y asistido a todo tipo de cosas, en su mayoría innecesarias, inútiles, pero de ninguna diría que fuera un fraude, porque incluso las más ridículas aportaron algo a mi percepción. La percepción es una de esas capacidades innatas, como la creatividad y el entusiasmo, que más vamos perdiendo a medida que vamos entrando en las trampas de este mundo. La percepción es la capacidad de reconocer lo que es bueno o malo para ti, de reconocerlo incluso antes de que ocurra, y también de darse cuenta de que lo que es bueno para ti no es bueno para otros necesariamente, ni al revés.

La percepción es una de las capacidades más importantes para los seres humanos, y lo que es seguro es que está en funcionamiento constantemente, y nos salva la vida muchas veces sin aspavientos ni medallas, aunque no nos demos cuenta. Sin embargo, los procesos mentales son tan potentes a su vez (porque así debe de ser) que en muchas ocasiones interfieren con la percepción, siendo capaces de apartarnos de esa capacidad de sentir lo que es bueno para nosotros. La mente, al poner en juego creencias asumidas, o inconscientes, y tratar de entrar en la objetividad (en lo bueno y en lo malo objetivamente, para todos, en cualquier momento o circunstancia) pone la percepción en segundo plano, detrás de consideraciones coyunturales, para quedar bien, o por inseguridad. En definitiva, lo que anula la percepción son los miedos y los deseos.

Creo que la terapia verdaderamente es una colaboración, en la que ambos, terapeuta y cliente tienen que poner su voluntad y su determinación, aunque esta, en el caso del cliente, pueda no ser evidente. Pero está claro que ir a la consulta, salvo excepciones, ya es una determinación a producir un cambio

De todas las sesiones que he tenido, de todos los tratamientos que he hecho, en colaboración con esta serie de terapeutas, no todas las recuerdo, naturalmente. Sin embargo hay algunas que recuerdo como momentos importantísimos de mi vida, a estas consultas las considero pequeñas muertes, en las que a la vez perdía y ganaba algo, porque todo crecimiento implica una pérdida, y a veces una pérdida de algo muy querido, sobre todo cuando lo que se gana es tan sutil, comparado con la basta tosquedad de la identidad. La percepción es muy sutil, si acaso, lo más sutil que existe. Por eso, en la percepción es donde patinan muchos terapeutas que pretenden tenerla y disponer de ella como si fuera una máquina. Desde luego, si algo nos enseña el colegio y la sociedad (por lo menos en mi caso fue así definitivamente) es a no hacerle caso a nuestra percepción, a no sentir su delicado soplido, su orientación.

En este sentido, yo bendigo a los terapeutas que han colaborado para que viera esos umbrales por los que he ido transitando, y bendigo el dinero que puse de antemano como prueba de mi interés.

Aceptar que uno ha buscado esta ayuda, al contrario de lo que puede parecer no te hace más débil, justamente lo contrario. Lo que sí creo que debilita, y lo he visto en varias ocasiones, y por eso puedo asegurarlo. Es no ser capaz de pedir ayuda, este tipo de ayuda, me refiero, en la que hay un intercambio justo. También es algo que produce definitivamente debilidad el ocultar que se ha necesitado recurrir a este tipo de procesos terapéuticos, esconderlo como si eso fuese una tara o algo así.

En definitiva, el dinero, tan despreciado, es un magnífico canal a través del que se puede intercambiar información muy valiosa. Eso es lo que ocurre en una consulta, en la que de antemano se ha fijado un precio que ambos consideran justo, un intercambio de información en la que los dos ganan: el cliente gana información que le acerca a su percepción y le permite traspasar los umbrales, algo que el cliente ha de hacer sólo (yo ya no creo en ninguna terapia en la que se me prometan cambios que van a ocurrir sin que yo ponga mi voluntad, mi determinación y mi acción) y el terapeuta gana dinero, para vivir y crear, que no es poco, y sobre todo gana en impecabilidad, en presencia, en acción. Es un intercambio sublime que el dinero ajusta (hace justo)*.

Esta es mi experiencia, y nada más que mi experiencia. Estas han sido mis muertes, mis mejores muertes.

*En coherencia con esto, no acepto los terapeutas con precio de amigo, gratis, o trueques. Tampoco que nadie me diagnostique o aconseje, sin que yo le haya dado el permiso, o hayamos acordado un precio justo de antemano, o fuera del lugar acordado para ello.

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