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La timidez

Actualizado: feb 16



La timidez me ha acompañado casi toda mi vida. Digo casi toda mi vida porque al principio no estaba. Aparece en esos años en los que debía empezar a comerme el mundo, sin embargo la timidez no me dejó comerme nada, mi mundo durante casi un par de décadas estuvo sin un sólo mordisco. Mi timidez no era absoluta, como no lo es ninguna timidez, esa es su fuerza, si fuese absoluta casi sería más fácil.

Los vericuetos que mi timidez tenía, en el momento, cuando funcionaban seguían la lógica que ella aplicaba, y así yo la respetaba; esto no lo hago porque me da vergüenza (la timidez es el soldado y la vergüenza su arma) ahí se quedaba la cosa. Muchas cosas fueron las que no mordí gracias a ella. Cosas sencillas que tú haces habitualmente yo era incapaz de hacerlas. Durante una época me adapté a sus caprichos, ayudado en esta adaptación por amigos y familiares que suplían mi carencia con su ayuda, así entre todos, y por mi falta de responsabilidad, quedaron algunas áreas vírgenes en mi vida hasta bien mayor. Así la timidez se fue convirtiendo en la excusa y de la excusa al vicio. Estaba instaurada como religión oficial, en muy poco tiempo dejó de estarlo.

La necesidad no fue lo que produjo este trasvase, podría haber conseguido mantenerla hasta mi muerte, unido, como un parásito a mi timidez, se generó la capacidad de encontrar a personas que suplían esta incapacidad con sus buenas intenciones. Eramos vampiros mutuos.

No, no fue la necesidad, fue la decisión. Una decisión trascendente. Una decisión que fue más un juego, una apuesta. La decisión implicaba algo tan imposible para mi que pensar en aplicarla hasta me excitaba, todavía ahora al recordarlo me afecta. Lo más parecido a tomar esta decisión que recuerdo es meterse en agua helada de golpe. Cuando haces esto, cuando te metes en agua helada, hay un punto en el que el cuerpo desconcertado no sabe qué sentir, si placer o dolor y nos deja que elijamos, yo me metí en esa piscina helada y decidí el placer, aunque la impresión fuese muy intensa.

Mi timidez y mi vergüenza terminaron de mandar casi por casualidad. Un día, por experimentar me inventé algo, como un juego, algo sencillo; consistía en ver para cuantas cosas que podía hacer yo sólo pedía ayuda, y las fui apuntando. Cuándo me di cuenta de que dejaba de hacer muchas cosas a cambio de establecer una relación con otra persona, pidiéndole ayuda, me sorprendí tanto que tomé la decisión de probar a hacer todas esas cosas yo sólo, o sea que no iba a pedir ayuda salvo que realmente no pudiera hacerlo. Lo curioso es que prácticamente todo lo podía hacer solo, salvo cosas físicas muy evidentes, pero que lo importante fue lo otro, ver como esta sencilla decisión afectaba a mi relación con mi entorno.

En mi caso, no sé si esto es generalizable, la timidez implica una relación con el mundo, y aunque parezca que no tiene mucho que ver lo de hacer las cosas sólo, yo creo que lo tiene y mucho.

Tomar esta decisión no ha sido un camino recto, las trampas, subidas y bajadas han sido muchas. Sin embargo al aplicar esta fórmula se me fue desvelando un plan secreto, la timidez respondía a un código, y este código se podía descifrar a través de esas cosas concretas que no podía hacer y que alguien, de alguna manera, ya fuese real o simbólica, hacía por mi. Todo tenía un objetivo, y yo no había sabido verlo. Ahora lo veía claro gracias a realizar por mi mismo algunas de las cosas prohibidas, no por la cosa en sí, sino por a dónde me llevaban.

En esta como en tantas otras cosas lo que me ha funcionado es el acecho, tratar de entender lo que gano con mi limitación, no forzar la resistencia. En definitiva comprendí que la timidez trata de evitarme una serie concreta de experiencias, y que entender todo se basa en entender el código, lo que estas experiencias juntas simbolizan.

Toda timidez tiene su lógica, pero desde la propia lógica no se puede entender la lógica de la timidez.

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