La piedra


Leyéndole un cuento a mi hijo pequeño, sin darnos cuenta nos quedamos los dos dormidos, y así, durmiendo, estuvimos varias horas en un sueño profundo. Cuando me desperté tuve un momento en el que no sabía dónde estaba.

Apenas unos segundos del tiempo de este mundo, sin embargo, fue casi infinito en otro tiempo. Durante ese tiempo de otro mundo pude percibir la eternidad de no saber dónde estaba, ni quién era, ni lo que pensaba de mí ni del mundo, un vacío en el que no era y a la vez era absolutamente. Como si yo no fuese el yo que se circunscribe a mi cuerpo ni al lugar que habito en la realidad de este mundo. Como te decía, en tiempo de este mundo, apenas duró unos segundos, como mucho medio minuto, y en ese tiempo me vino una sensación, como si fuese una experiencia comprimida, de una presencia.

Este espacio vacío terminó de golpe, cuando apareció el listo, ya sabes, ese que a la mínima te la monta, y con razón, porque es el que tiene la razón, la razón de este mundo: ¿Tú sabes qué hora es? Llevas dos horas durmiendo, que tú no tienes tres años... Así fue como de golpe aterricé en mi cuerpo, en mi cama, en mi mente, en mi historia, eso que en ese otro mundo no existe.

Unos días después, caminando por un bosque, me paré a sacarme una piedra del zapato y noté esa presencia que había sentido durante ese tiempo en el no tiempo. Miré para todos lados buscando a alguien, pero no había nadie, y como en el juego de frío frío, caliente caliente, me fui acercando a un árbol que era el ser que tenía esa presencia. Me acerqué a él, y en el silencio me habló entre risas. Me dijo que me conocía del otro día, del día de la siesta, imagino, y entre risas de silencio estuvimos hablando. Su manera de hablar, comprensible siendo un árbol, era dando círculos alrededor de algo, con grandes elipsis metafóricas en las que nada era lo que parecía, de lo que me siento incapaz de sacar un resumen, pero de la que me queda la sensación de que esa piedra en el zapato éramos nosotros, los humanos, con nuestras historias, y que ese árbol con un ojo y una carcajada constante éramos nosotros, no los humanos, nosotros los que leemos esto, o sea, tú.

A ver, es una sensación, tú dirás.

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