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El diablo en Buenos Aires


¿Te he contado alguna vez cuando me encontré con el diablo...? fue hace mucho, una noche húmeda y calurosa de verano en Buenos Aires, en un taxi... bueno, un «remis». Sí, el diablo conducía un taxi, claro, al principio no sabía que era el diablo, eso lo supe luego… y no, no es que el diablo viva en Buenos Aires y conduzca un «remis», es que vino por mí, porque me estaba trabajando... sí, me estaba trabajando a mí.

Ya te digo que hacía mucho calor era de madrugada y me llevaba de un punta a otra de la ciudad, iba a toda velocidad, yo en ese momento estaba roto en pedazos por lo que lo de la velocidad no me impresionaba, al revés, me aliviaba sentir el viento en la cara. En un momento me preguntó si me importaba que fumase, le dije que no. Fue ahí que empezó a hablar, me dijo, riendose, que era el diablo y que llevaba unos años trabajándome, al principio pensé que era una broma de mal gusto, luego me fue enumerando sucesos de mi vida en los que había intervenido para arruinarlos, cosas que un taxista de Buenos Aires no podía saber.

Se rió especialmente contándome cómo había intervenido en lo del violín, algo que me había dolido muchísimo hacía un año más o menos, uno de los peores momento de mi vida sin duda, no me lo podía creer, me enervé tanto que le agarré del pelo mientras le zarandeaba la cabeza y le gritaba, pero él se reía más y más. Frenó de golpe, bajó del coche y me sacó arrastrándome, «¡¿Qué querías? No había forma de que reaccionaras! ¡¿Querías que te dejáramos ahí quejándote, echándote a perder haciendo el bobo?! No había otra, había que romperte ¡deja ya de quejarte! ¡Te hemos hecho un favor!

-¿«Hemos»? pregunté llorando ¿«Hemos» quién?

-Era un encargo, un encargo de Dios, Él es «Todo», yo soy «Nada», me necesitaba para esto. Estabas demasiado despistado, demasiado lleno, te tenía que vaciar, te tenía que separar de todo eso que creías que eras, para que puedas recordar, lo siento chaval, es así. Me lo he pasado bien, pero que sepas que la próxima vez no va a ser tan divertido.

Se fue. Yo seguía llorando, pero algo había cambiado en mí, había entendido, y recordé aquel asunto del violín y la violinista, y me reí a carcajadas un buen rato.

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