Discutir discutiendo


Recuerdo el susto que me llevé cuando escuché: «¿Pero qué estás haciendo?»

En la frase había una parte de regañina, otra de sorpresa, y también algo de miedo. Lógico todo, teniendo en cuenta que cuando mi madre entró en casa, yo estaba viendo la tele, sin volumen, de rodillas, con las palmas de las manos hacia la pantalla, y en calzoncillos.

«Nada», dije yo, «Estoy viendo la tele».

Todo esto viene a raíz de mi manía de ver la televisión sin volumen, que empecé a hacer, por placer, en mi adolescencia. Me encantaba ver a personas hablando o discutiendo sin oír lo que decían, era como ver, curiosamente, sus verdades. Esto lo he seguido haciendo, por un placer casi místico, y por todo lo que me permite «ver». Es como volver a ser un bebé, que oye sonidos que no entiende (las palabras), pero siente lo que transmiten. Por eso desconfío de la educación en general, porque puedes decirle a un niño algo, y que el niño reciba lo contrario, porque la «vibración» del mensaje, es contraria a lo que dice la palabra.

Recuerdo que lo que más me gustaba, era ver, de esta manera, los programas de debates, donde se discutía. Cuando ves a personas discutir, sin escuchar lo que dicen, puedes ver la verdad que se oculta tras las palabras, que son símbolos, que siempre requieren una interpretación, y que por lo tanto, pueden ser fácilmente usadas para «ilusionar».

Por eso entiendo que las discusiones, o las luchas, no buscan resolver, o comprender, nada del mundo, sino que son una manera de exteriorizar una contradicción interna, un dolor, una frustración. Que se usa como subterfugio al «otro» para confrontarlo. Por eso en toda oposición, del tipo que sea, social, política, personal, hay una coincidencia, oculta tras la rabia.

Siempre es posible entenderse, si antes sientes el acuerdo en ti.

Esta manera de «escuchar» (ya no lo hago ni de rodillas, ni con las palmas hacia la pantalla, ni en calzoncillos) es la que he usado como herramienta para permitirme hablar en público. Así, en vez de poner el foco en si hablo correctamente, si tartamudeo, me equivoco, o me voy por las ramas, «veo» si lo que digo viene de mi verdad, y de asumir la contradicción y el dolor que eso conlleva.

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