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Autoridades


Un día en un parque infantil (que los odio) acompañando a mi hijo mayor, me fijé en un niño pequeño, calculo que de dos años, que subía por una escalera, una (supuestamente) no para su edad, no era tampoco algo peligroso, estaba subiendo con firmeza y determinación. La madre hablaba distraída mientras el niño casi había llegado a la pasarela del tobogán. Casi lo había conseguido, cuando la madre se dio la vuelta, y al ver a su hijo a esa altura, le gritó asustada su nombre corriendo hacia él. El niño al oír el grito se giró y eso hizo que perdiera el equilibrio, la madre llegó justo para recogerle de suelo. El niño lloraba, aunque no le había pasado nada, la madre entre culpable y enfadada, le consolaba a la vez que le regañaba por su aventura, el niño lloraba por el susto, por el grito y por la caída. Para un niño, la voz de su madre, o de su padre, no es cualquier cosa, es la voz de su autoridad natural, esto no es comparable a la voz de cualquier otra persona, esa voz puede hacerle caer, o transmitirle fuerza, no hay neutralidad en esta relación, es una relación marcada por una profunda, e inevitable, jerarquía. Esta jerarquía natural, si se fuerza, por cualquiera de sus extremos, queriendo evitarla o exagerándola, es como causa más conflictos, y puede llevar, después, asumir autoridades artificiales, que aprovechándose de este falta de autoridad interna, ejerzan poderes ilimitados. En los primeros años de vida, el niño vive a sus padres como parte de sí, esto es fundamental para entender y ordenar la propia autoridad. Cuando el hijo no ordena esta relación, algo que sólo puede hacer él, por muchos malabares que hagan los padres, va a llevarle a vivir a la autoridad artificial como parte de sí, de lo que esta se va a aprovechar siempre, y su grito no va a ser desde amor, va a querer atemorizar para mantener su poder. Es por esto que asumir, agradecer y ordenar la autoridad natural, la jerarquía, es fundamental para liberarse de autoridades bastardas dispuestas a cualquier cosa por mantenerse al mando.

*Para terminar, decir que en realidad la madre que gritó, era un padre, un padre despistado que era yo, y el grito y el niño que se cayó, míos también.

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