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Quéjate


No seré yo el que te diga que no te quejes. Si te lo dijera sería justo que me preguntaras si yo me quejo, y a no ser que quisiera demostrar que soy algo que no soy, tendría que admitir que sí, que me quejo, y que me he quejado mucho más. En la queja, como en el enfado, en la ira, en la ansiedad, la pereza, la vergüenza, etcétera, hay mucho (y muy bueno) escondido. Es cierto que uno al quejarse se programa, se hipnotiza en la imposibilidad, y que dejar de hacerlo te puede evitar esa parte de la queja que va en voz alta, pero quedaría la queja interna, esa es más automática y más difícil de controlar. También hay mucha queja disfrazada de conocimiento, o de análisis, incluso de sabiduría, que pasa desapercibida e incluso es aplaudida. Tras la queja se esconde una capacidad que ha sido autolimitada, que se expresa a través de este fastidio como manera de pedir ayuda ante un imposible, que en realidad es posible (de ahí que la queja tenga sentido) pero sería posible sólo con una distinta interpretación de las capacidades. En todas estas cosas que he mencionado antes se repite una forma parecida: La imposibilidad de asumir la capacidad viene de que aceptarla sería renunciar al símbolo de aquello que le pedimos (exigimos) a la vida, y se lo pedimos a la vida porque hemos limitado la capacidad de producirlo. Es por esto que la queja puede ser un elemento para conocer eso que sabemos que es posible pero que no nos hemos dado el permiso para manifestar (usando de excusa el pasado, el miedo, etcétera). En definitiva, la queja es una sombra producida por el brillo del valor escondido (no reconocido).

Mi manera de sacar lo que mis quejas esconden (y así no malgastar ese potencial con personas cercanas), es pagando por quejarme, y sólamente lo hago con personas elegidas (sagradas) a las que pago para que escuchen mis quejas, para que así a través de ese intercambio se manifieste su valor.

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